Este encuentro de países iberoamericanos es muy significativo, no sólo en el sentido de conocer, discutir y difundir el diseño de la región, sino también para notar cómo se modificó el foco de la economía en los últimos tiempos, dando espacio a la búsqueda de soluciones alternativas en contextos culturales diferentes, como el de los países en desarrollo.
El tema que quiero enfocar con relación al diseño y a la economía se refiere a los nuevos paradigmas que han aparecido, buscando alternativas a nuestra previsión negra de futuro.
Nuestro modelo de desarrollo, calcado en el aumento desenfrenado de la producción y del consumo, produjo resultados catastróficos, nos llevó al deterioro del medio ambiente y al agotamiento de los recursos naturales, a desequilibrios sociales, a crisis económicas como la que presenciamos ahora.

Brasil, así como algunos otros países Iberoamericanos, creció mucho y se modernizó, principalmente a partir de la década de 1970, alcanzando, hoy, una presencia respetable en el escenario mundial. Pero, la torta no era dividida y nuestra discusión giraba alrededor de la evaluación del crecimiento del PIB.
Las distorsiones y desgracias de la cultura de la superproductividad, del consumo histérico en un mundo donde las personas todavía mueren de hambre, nos hicieron despertar y cuestionar qué tipo de desarrollo nosotros deseamos. Sabemos que gran parte de la supervivencia humana depende de nuestras opciones políticas.
El diseño, como postulado intelectual de la industrialización, es uno de los protagonistas importantes de ese contexto. Por eso, en el seno de la profesión, la autocrítica, la reflexión sobre lo que estamos haciendo, qué espacio tenemos, cómo trabajamos, qué es lo que defendemos y cuáles son los caminos deseados es algo primordial.

En el plano conceptual, no es por acaso que aparecen nuevos movimientos como el Slow Tech (François Bernard) que propone la disminución de la velocidad para una mejor calidad de vida. Sugiere que se haga un paseo al mundo desmaterializado, que se utilice tecnología leve, fluida, revisitando la naturalidad y una filosofía de vida simplificada, distanciada de la cultura de lo desechable.
Los Metropuritanos – expresión utilizada para designar una nueva tendencia que predica la producción orgánica, el consumo ético y el comercio justo – reaccionan al considerar las prácticas de consumo modernas como acciones de destrucción en masa.
El desarrollo de productos bajo el prisma de la sostenibilidad abraza la sencillez, la economía de variedad y cantidad de materiales, la durabilidad, la optimización de los procesos de manufactura. O sea, simplificación que implica reducción de costos de producción, de precios, de consumo y de rentabilidad, constituyendo una paradoja con relación a la economía basada en la ganancia financiera, en el aumento de la producción y del consumo.

A eso se suma la discusión y búsqueda de matrices energéticas alternativas, lo cual, de por sí, ya es un tema vasto y complejo que no pretendo desarrollar aquí.
En eses últimos años, tuve la oportunidad de participar en congresos, conocer lugares y convivir con comunidades de Diseñadores de culturas muy diferentes, y noté también cómo los llamados países en desarrollo, que poseen una cultura autóctona bastante marcada, han sido el foco de interés en escuelas europeas, en la industria en general, notoriamente en la moda, y en la producción cultural.
Pero, si hay interés por la cultura, por los saberes y quehaceres de lugares que antes eran desconsiderados, todavía existe una lista de explotación y desigualdad, de modo que los productos son diseñados en los grandes centros, la producción se hace en la periferia y el producto vuelve para ser consumido por los grandes centros.
Otro aspecto que quiero mencionar es sobre diseño y democracia. Gui Bonsieppe dice que la democracia es, para el neoliberalismo, la predominancia del mercado como una exclusiva y casi santificada institución que gobierna todas las relaciones entre las sociedades. Y se plantea cómo podemos recuperar la noción de democracia en el sentido de participación de los ciudadanos, abriendo espacio para la autodeterminación. Formulado de otra manera, la naturaleza de la democracia va mucho más allá del derecho al voto, de la misma manera que la libertad es mucho más que la posibilidad de elegir entre centenas de diferentes modelos de teléfonos.
En su opinión, el diseño debe ser hecho en la periferia y no PARA la periferia, como resultado de una especie de actitud paternalista benevolente. El diseño de cada lugar debe ser fruto de la práctica local, ya que determinados problemas sólo pueden ser solucionados en el contexto local.
Tenemos muchos desafíos pero también tenemos un camino fértil por delante, podemos formular nuevas ecuaciones objetivando un desarrollo más saludable. Eso ya es un discurso trivial en algunos lugares de Latinoamérica, no sólo en lo que se refiere al diseño, sino también al modelo de desarrollo como un todo.
En el seno de esa discusión, las políticas públicas de diseño han buscado seguir parámetros definidos para toda la cultura, pues el diseño es el vínculo entre el mundo inmaterial y el material, y es el vínculo central entre los mundos del arte y del comercio. Está comprometido con la mejora de la forma y de la función y tiene un potencial grande en lo que se refiere a la mejora de la calidad de vida.
Según un reciente informe de United Nations Conference on Trade and Development en alianza con la South-South Cooperation Special Unit, el diseño forma parte de uno de los 4 núcleos de actividades estratégicas de la llamada Economía Creativa.
El principal diferencial de la economía basada en la creatividad es que ella promueve desarrollo sostenible y humano, y no mero crecimiento económico.
Según Lala de Heizelin, cuando trabajamos con creatividad y cultura, actuamos simultáneamente en cuatro dimensiones: económica, social, simbólica y ambiental. Eso lleva a un inédito intercambio de monedas: la inversión hecha en moneda-dinero, por ejemplo, puede tener un retorno en moneda-social; la inversión realizada en moneda-ambiente puede generar un retorno en moneda-simbólica, y así por delante.
La economía basada en la creatividad es estratégica, no sólo para los negocios creativos, sino también para todos aquellos que ganan competitividad por medio de lo que llamamos de “culturalización de los negocios”: valor añadido a partir de elementos intangibles y culturales.
Según la Convención de la Unesco sobre Diversidad Cultural, los bienes culturales son únicos, singulares y diferenciados, llevan consigo una alta carga simbólica, inmaterial, y son el rico patrimonio acumulado de poblaciones, de forma milenaria, centenaria, resultado de flujos, frutos de aprendizajes y acumulaciones que ocurrieron en muchos planes de vida.
Y el diseño tiene la capacidad de participar en la experiencia singular del vivir, construyendo situaciones y objetos que sorprenden, emocionan y funcionan, comunicando, materializando experiencias y saberes que son el patrimonio inmaterial de un pueblo. Ése se vuelve democrático cuando es accesible y, más aún, cuando surge de un espíritu y de una necesidad colectivos.
Y, para terminar, vi en la televisión, hace una semana, al economista brasileño Eduardo Gianetti diciendo que el mundo institucional se quedó muy atrás del mundo real, ya que la globalización exigiría repensar y reformular la multilateralidad.
Eso me remitió nuevamente a una frase circular, que adopto hace algunos años, y que descubrí en el piso de mosaico que circunda la torre del reloj de la universidad de São Paulo. Es de autoría del ex rector y jurista Miguel Reale y dice así: “En el universo de la cultura, el centro está en todas partes”.
Muchas gracias.

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